miércoles, 4 de diciembre de 2019

23 de noviembre de 2019


El sábado amanecimos con un tiempo más bien fresco, pero sin lluvia. Todos estábamos contentos, la tormenta había pasado y dejaba paso a otra estupenda jornada. Durante la mañana, el acontecimiento más reseñable fue, sin duda, el parto de una cabra. No estaba previsto que ninguno de los animales pariera hasta el día 1 de diciembre, pero esta se adelantó y parió una pequeña chotilla prematura, pero con muchas ganas de vivir. Sin embargo, la madre no la quiso y siguió andando, detrás del rebaño. Además, la cabra no tenía calostro, por lo que a pesar de los esfuerzos por conseguir un poco y encalostrar a la pequeña, su supervivencia se antojaba complicada. No obstante, Diego no estaba dispuesto a rendirse y fue a Torrenueva en busca de algo que darle de comer. Aquellos dos próximos días, María y él fueron los nuevos papás de la pequeña, aunque, desgraciadamente, nada se pudo hacer finalmente por ella (Fig. 5).


A mediodía, Urbano nos preparó sus famosas gachas, una de las comidas más típicas de los pastores. Todos esperábamos este momento con ansia, ya que todos nuestros compañeros nos habían hablado maravillas de ellas. Urbano no defraudó una vez más y sus gachas estuvieron a la altura de todas nuestras expectativas.

Tras la hora de comer, nos despedimos de Pedro Cordero y Carmen, que ya iniciaban su ruta de vuelta hacia Madrid. 24 horas, breve pero intenso, eso seguro. Les deseamos un buen viaje de vuelta y nosotros seguimos con nuestro camino.

A media tarde, paramos en el Pozo del Cura. Tras las lluvias de estos días de atrás, el agua no parecía muy clara… Pero Vidal consiguió sacar algo de agua del fondo, donde tenía mejor color, para que todos pudiéramos decir que habíamos bebido agua del Pozo del Cura. Seguimos caminando y cerca del final de la etapa, por fin vimos el enorme cartel que anunciaba nuestra entrada en Andalucía. ¡¡Bien!! Nos vamos acercando poco a poco a nuestro destino y, sobre todo los pastores, lo agradecen. Vidal nos reconoció que empezaba a estar cansado y que tenía muchas ganas de volver a ver a su familia. Con el de hoy, ya van 22 días de vereda. Una vereda dura, pero gratificante. Nos tocó lluvia, sí, pero esto también permitió que las ovejas tuvieran mucho para comer a lo largo de todo el camino y los pastores estaban visiblemente contentos con ello. Cuidan de su rebaño con mimo y verlas comer tanto y tan bien los hace felices (Fig. 6).


 “Leire: Qué, ¿qué tal esta etapa Juan Vicente?
JV: Muy bien, muy bien. Las ovejas han comido mucho y eso es lo que más feliz me hace a mí, el verlas comer tan a gusto.”

Por fin llegamos al campamento, Urbano ya tiene la lumbre preparada. Estábamos todos cansados, pero muy felices.

“- Hoy sí que estamos bien“ nos alegramos de la ausencia de precipitaciones del día, a lo que Vidal responde:
-”Ayer también estábamos bien, aunque lloviera. Cada día toca lo que toca.”

Una vez más, nos llevamos una lección. Cada día con ellos es un aprendizaje. Cada día es momento de reflexiones, de meditar y darnos cuenta de qué es lo verdaderamente importante. Llevamos una semana totalmente desconectados de nuestros teléfonos, y no hemos dejado de aprender ni un solo día. No es necesario buscar nada en Google, el conocimiento del resto es suficiente para enriquecer el nuestro propio. Los pastores no se cansan de repetirnos grupo tras grupo sus refranes, poemas y acertijos. Y nosotros, por nuestra parte, jamás nos cansaríamos de escucharlos a todos ellos, una y otra vez.

22 de noviembre de 2019. La felicidad es esto.


Amanecimos con previsiones de lluvia bajo el brazo y aunque albergábamos la esperanza de que nuestros móviles se equivocaran, la tecnología tuvo razón. Parecía que el cielo se burlaba de nosotros y esperaba a que Vidal se quitase el impermeable para empezar a llover (Fig. 4).


 Avanzábamos por el término de Torrenueva, en dirección a Castellar de Santiago, a través de fincas repletas de olivos y encinas; siempre pendientes que las ovejas no se desviasen del camino, ya que los olivos eran una tentación para ellas. Vidal amenizó la marcha con su gran repertorio de acertijos y chistes que desengrasaron nuestro cerebro.

Tras un rato caminando, pecamos de inexpertos al preguntar: “¿Cuándo llegaremos?” a lo que Vidal, sin dudarlo, contestó: “Antes de cenar.”

Justo antes de llegar al punto de encuentro con Urbano comenzó a llover coincidiendo con la llegada de Pedro Cordero (Peter Lamb para los amigos) y su compañera de trabajo Carmen. Pedro repetía la experiencia y Carmen, novata en este tema, venía con las expectativas por las nubes gracias a los comentarios de su compañero, animándola a unirse al grupo.

Pese a que diluviaba, Urbano nos había preparado con todo su amor huevos fritos (por supuesto bien aliñados con ajo bajo la supervisión del Licenciado Arroyave, alias El Colombiano). A pesar de que los huevos fritos al final estuvieron pasados por agua, no duraron ni cinco minutos en sus bandejas. Obviamente no podían faltar los ingredientes estrella de nuestros almuerzos: los embutidos, el pan e Irene.

Debido a que la lluvia no amainaba nos quedamos de sobremesa todos juntos bajo el “caseto”, como sardinas en lata, pero muy bien avenidos. Nuria necesitó ayuda para enfundarse en un impermeable militar en el que podríamos haber cabido todos. Mientras tanto Miriam, huérfana de una lentilla extraviada esa misma mañana, trataba de calcular las distancias sin mucho éxito.

Íbamos a dormir en el Cerro del Lobo, pero no pudimos por las condiciones meteorológicas y tuvimos que montar el campamento en una zona más accesible en coche, entendiendo por accesible que el coche solo se quedase embarrado una vez. Esa tarde estuvieron de hateros Emilio, Miriam y Leire; aunque tuvieron dificultades para arrancar, papi Peter Lamb acudió al rescate de Miriam pudiendo emprender la marcha hasta el cerro.

Durante el montaje del campamento la lluvia siguió sin darnos una tregua y acabamos calados hasta los huesos. Menos mal que la lumbre de Urbano nunca defrauda y pudimos calentarnos bajo la lluvia. Mientras la luz se desvanecía llegaron nuevas incorporaciones al grupo: Nuria Luján, que venía a hacer un proyecto audiovisual sobre la relación humano-animal, y Pablo Lacasta, que venía recomendado por su tía Delia a vivir la experiencia.

Juan Vicente se quedó encerrado en su tienda y pidió desesperadamente que alguien le bajase la “cremellera”. Ante tan desafortunadas palabras la gente decidió ignorarlas hasta que finalmente Ismael se apiadó de él. Obviamente, su grito de ayuda fue el chascarrillo de la cena esa noche. “Siempre estáis con el ascua encendía” dijo Vidal, haciendo referencia a la expresión que esa misma mañana nos había explicado y que se convirtió en uno de los lemas de nuestra vereda.

Urbano, como cada noche, preparó un puchero delicioso de “arroz con cosas”, en palabras de los valencianos Delia y Pablo, expertos en materia de paella. Lo mejor del postre no fue ni la tarta de chocolate ni el roscón, sino el cielo repleto de estrellas que nos esperaba al salir del “caseto”.

Ismael: “Mirad, está raso. Se ven las estrellas.”
Vidal: “¿Veis? La felicidad es esto. Hay que pasarlo mal primero para valorar cuando uno está bien.”

Después de estas sabias palabras, nos reunimos alrededor de la lumbre ,como cada noche, aunque esta fue distinta a las demás no sólo por la tregua que la lluvia nos había regalado sino porque esa noche nació la “rabbit party”. Todo un éxito.

Llegados a este punto nos vemos en la obligación de explicar en qué consiste este nuevo concepto, aunque las palabras no hacen justicia a tan singular acontecimiento. Sólo podemos decir que aquella noche descubrimos facetas inesperadas y ocultas que nos hicieron ver con otros ojos a algunos de nuestros compañeros.

21 de noviembre de 2019


Siete de la mañana. Problemas, el burro, daba comienzo con su rebuzno al primer verdadero día de caminar. Salimos todos de nuestras tiendas con buen humor y muchas ganas de comenzar a andar. Recogimos las tiendas y desayunamos. “Cafeles, chupachules, cascahuetes” nos llamaba Ismael para ir a por el café. Y por fin… Empezamos a andar, a escribir en pasos esta historia, nuestra propia vereda. Después de todo lo que nos habían contado otros grupos, al margen de todas las expectativas creadas, por fin eran nuestros pasos los protagonistas de lo que para nosotros sería la vereda. Cada grupo lo había vivido de una forma distinta y aquí empezaba la nuestra.

Ismael va delante, las ovejas le siguen y nosotros detrás, con Vidal. Alba, Pablo y Andrés iban de hateros. Al poco de empezar a andar apareció Diego Arroyave, amigo de Emilio y repetidor en esto de la vereda… No es que no se conociera el temario sino que cuando estuvo el año pasado, le gustó tanto que no había dudado en repetir. Carmen, que ya había coincidido con él, fue a saludarlo con entusiasmo.
Cruzamos Pozo de la Serna y el embalse de Las Cabezuelas por un puente, en el cual la Guardia Civil tuvo que escoltarnos. Comimos al lado del pantano: sobras de la cena del día anterior, embutido y queso. Este último fue cortesía de una quesería de Pozo de la Serna, que tras arrasar con sus existencias había decidido regalarnos un poco de este exquisito manjar.
En el camino, todo tipo de conversaciones con distintas personas. Algunos nos conocíamos ya bien, a otros, sin embargo, comenzábamos a descubrirlos. Andábamos al compás de las palabras y las ganas estaban presentes en todos y cada uno de nuestros pasos. Explicábamos de dónde veníamos, contábamos historietas pasadas o planes de futuro y comenzábamos a conocer a Vidal. Sus refranes y acertijos, su buena conversación y su experiencia. Admirábamos cómo trabajaban sus perros, cómo ponían orden entre las ovejas, dejándolas pastar pero cuidando de que ninguna se quedara rezagada. También Problemas guiaba nuestros pasos y a ratos incluso los daba por nosotros. María y Leire montaron un rato en él y sin prisa pero sin pausa, continuamos con nuestro camino.

“Se pierden los pastores, pero el rebaño nunca se pierde”. El rebaño conoce el camino, el rebaño sabe dónde va. Conoce el desenlace de esta historia, que poco a poco nos irá haciendo descubrir (Fig.2).


Durante el recorrido de la tarde Peter, el australiano, se perdió. Tras un rato llamándolo por fin reconoció el camino y volvió a unirse al grupo pero esto, claro está, nos llevaría ya a unas cuantas risas y chistes por nuestra parte.

Sin embargo, no todo es tan bonito como debería, y a veces los pastores se encuentran con dificultades añadidas por el camino. La Cañada Real debe ser de un mínimo de 75 metros de ancho, pero esto no siempre sucede así e incluso a veces no está bien señalado. Durante el camino de la tarde, nosotros mismos fuimos testigos de las discordias que esto provoca entre pastores y agricultores. Un hombre se acercó y nos siguió, diciéndole de malas maneras a Vidal que se fuera “a tomar por culo con sus ovejas” (perdonad la expresión, pero estamos citando textualmente), lo que evidentemente sentó muy mal a Vidal.

Una vez dejado este incidente atrás, seguimos adelante. El paisaje comenzaba a cambiar progresivamente ante nuestros ojos y nos adentramos en un encinar. Una de las ovejas decidió que ella no seguía caminos marcados y sin nadie entender cómo, consiguió colarse por una de las vallas y salir del camino.  Por suerte, había una puerta más adelante por la que pudimos sacarla.

Sobre las 17h de la tarde, por fin llegamos al campamento. Las dos Marías y Diego, que habían sido hateros esa tarde, tenían ya (no sin haber pasado ligeros apuros) todas las tiendas y la carpa montadas.

Urbano, jefe y máster en la cocina, preparó un puchero de garbanzos con el que todos quedamos encantados. Ninguna de las cenas de esta semana dejarían indiferente a nadie.

Y por fin, llegó uno de los momentos más esperados del día: la hoguera, o mejor dicho, la lumbre. Allí cada uno compartía aquello que mejor se le daba. De nuevo, María nos deleitaba con su guitarra y la otra María nos recitaba sus poesías o nos leía sus textos. Juan Vicente nos enseñó orgulloso un vídeo que su profesora de acordeón le había mandado tocando el Vals de las Mariposas, y Pablo y Andrés nos amenizaron la noche con historias de lo más variopintas (Fig.3).



Hablamos de todo y de nada, incluso de daltónicos y sinestésicos; perdemos la noción del tiempo, la hoguera nos absorbe. Nada ni nadie podría estropear los mágicos momentos de hoguera de esta vereda.
Allí, en ese momento mágico, Diego hizo una reflexión que nos hace pensar a todos. Nos recordó todas las civilizaciones que ha pasado a lo largo de la historia por aquellas tierras. Allí, en aquel lugar que nosotros consideramos prácticamente inhóspito, han estado antes romanos, cartagineses, árabes, visigodos...  Creyendo, probablemente ellos también, en lo único de sus pasos. Volvemos a caminar caminos andados pues, pero si hay algo que es cierto es que para cada uno de nosotros, nuestros pasos son únicos e irrepetibles. El momento, el lugar, la compañía. Jamás volveremos a replicar este momento.